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Kinder

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Enseñanza Básica

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Enseñanza Media

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*Los días jueves tanto la enseñanza básica como media terminan la jornada a las 13:30 hrs.

 

Noticias

Inicio de clases 2026

Lunes 2 de marzo: desde Clase Primera a IV° Medio

Lunes 9 de marzo: inicio clases del Kínder.

 

Admisión 2026

 

El Primer Septenio

 

Si bien es cierto, nos encontramos viviendo momentos en donde la humanidad se nos muestra fría, competitiva y materialista, es cierto también que en su contraste la visión del hombre se ha ido acercando a lo que nos muestra la Antroposofía, la cual fue entregada al mundo por Rudolf Steiner (1861- 1925). Por ejemplo, se reconocen las fuertes influencias de los factores hereditarios, la influencia social y del entorno medioambiental en donde se desarrolla un niño. También se ha ido reconociendo la dignidad y los derechos del niño, los cuales debemos proteger. Pero la Antroposofía va a entender que esta dignidad avanza un paso más allá. En el año 1919, Steiner crea la Pedagogía Waldorf y la primera escuela Waldorf en Stuttgart, Alemania. Esta Pedagogía, a diferencia de las más conocidas en el mundo, considerará al ser humano como un ser ternario con cuerpo, alma y espíritu. Es así que se comprenderá y mirará al niño como un ser espiritual íntegro, que busca el camino hacia el mundo terrenal en un proceso de encarnación. En este proceso la labor de los adultos que acogen y acompañan al niño consiste en hacer el camino a esta predisposición a encarar mediante un cuidado correcto y una atención adecuada, para que de forma armoniosa lo espiritual del ser humano se acople a lo terreno de este.

Visto así, el camino del ser humano en la tierra comienza en el “cielo”, donde la individualidad del ser en un momento concreto se une a la de los padres que ese mismo ser elige; es así como llega a la vida terrenal a través de las puertas de la concepción y el nacimiento. 

Ahora, una vez en la tierra el niño o niña entrará en el entorno a través de los sentidos, donde su corporalidad física debe ser entendida como una organización que sirve de instrumento al espíritu. Es por esta razón que su entorno debe estar cuidado, resguardando la temperatura de los lugares, los materiales con los que interactúa (deben ser estos de origen noble), la sonoridad de los espacios, procurando que no exista un ruido que los aturda, la preparación de una alimentación saludable y, sobre todo, las acciones impregnadas de bondad, veneración y amor por parte de los adultos que lo acompañan. Es decir, todo lo que el niño vivencie debe estar impregnado de lo verdadero, pues todos estos cuidados lo forman correctamente o en su defecto lo deforman.  El niño recibe las impresiones del mundo con todo su ser, es por ello que se dice que es todo un “órgano sensorio”. 

La gran responsabilidad de los adultos que rodean al niño es ofrecerles un ambiente adecuado y sano para su completo desarrollo, teniendo muy presente que serán los primeros siete años fundamentales para el despliegue de su vida adulta. El adulto será quien conduzca al niño en este camino, reconociéndolo como un ser espiritual que confía plenamente en nosotros y que espera esa conducción. En este aspecto se suele pensar que son los pequeños los encargados de tomar las decisiones diarias o que resuelvan diversas situaciones. Este pensar saca al niño de su mundo infantil, lo separa de lo divino y lo posiciona en la vida del adulto, la cual aún está muy lejana. En este primer septenio la conciencia del niño aún no ha despertado y dista mucho a la del adulto. A la conciencia de este septenio se conoce como “conciencia dormida”, pues el niño se sumerge en imaginaciones de las cuales no se puede separar, se siente uno con ellas, perteneciente a ellas. 

Nuestro deber es cuidar y proteger la infancia, procurando que las etapas ocurran a su debido tiempo.  

En el kínder se reúne a los niños del primer septenio, etapa donde el principio pedagógico es “aprender imitando”, que se desenvuelve individualmente a través de la actividad amorosa de la Maestra y de los demás adultos que rodean al niño, evitando la tendencia autoritaria o lo permisivo, ya que las actividades que se organizan deben ser dignas de imitación y propias de la vida hogareña. Es en esta etapa –donde el niño concibe el mundo como “bueno”– la vida moral se comienza a gestar en este período. Lo que el niño debe observar deben ser actividades multifacéticas de adultos y rebosantes de vida, como, por ejemplo, hacer el pan, preparar la colación, lavar la loza, barrer la sala, alimentar a los animales que se encuentran con nosotros, cuidar el jardín, preparar las festividades del ciclo del año. Así el niño, participando en actividades y rutinas, se experimenta en un ritmo lleno de significado. Más allá de finalidades y utilitarismos, lo fundamental es que el niño se confronta con las actividades vivenciadas en su entorno y jugando practica; practicando “aprende” sin que se le empuje a la intelectualización. El juego recoge la laboriosidad del adulto, imitándola con fantasía creadora. 

El niño viene llegando de las esferas espirituales y tendrá que habitar un cuerpo físico donde mora su “ser eterno” y para poder habitarlo de una manera adecuada debe comenzar a experimentarlo a través del movimiento, y en la medida que va creciendo va haciendo este cuerpo más suyo, más propio, desprendiéndose de manera paulatina de la herencia. Con el movimiento llega el juego y esta será la actividad más importante que el pequeño realice. Al jugar el niño en su interior existen fuerzas que van plasmando sus órganos físicos: el riñón, el cerebro, el hígado, los pulmones, entre otros. Hay que imaginar que dentro de cada niño existe un constructor, un arquitecto que realizará una labor que debe durar toda la vida del pequeño. Al sacar al niño de su gran labor que es el juego se está impidiendo que el arquitecto termine de manera adecuada su construcción.

El ser humano se encuentra sumergido en una variedad de ritmos a lo largo de la vida, como, por ejemplo, el día y la noche, las estaciones del año o el latir de nuestro corazón. Es en el ritmo donde se encuentra la certeza, la seguridad, la armonía, la salud y el orden, que debe ser reflejo del cosmos. El Kínder en su día a día cuenta con un ritmo establecido, propiciando momentos de contracción y de expansión, el movimiento y la calma, el inhalar y el exhalar. De esta manera el niño hace suyo este ritmo y lo incorpora en su ser, así se prepara internamente para lo que está por venir y sabrá que después de pintar debe ordenar la mesa, lavar sus manos y colgar su delantal. Si el ritmo no existiese, el pequeño estaría desorientado en su quehacer. 

En esta etapa de vida se van formando las capacidades cognitivas y de lenguaje de los niños, por lo que el Kínder será un espacio rico en alimento narrativo a través de relatos, cuentos, versos, juegos de dedos, cantos y rondas, cada una de estas serán portadoras de enorme sabiduría que al niño le servirán de alimento para su alma, sumergiéndolo en profundas imaginaciones, desarrollando capacidades pensantes que se desplegarán en su vida adulta. Todo esto debe estar en conexión con el movimiento, el gesto volitivo propio del niño pequeño. Las experiencias del lenguaje que se ofrecen al niño a través de estos relatos son vivencias vigorosas. 

Actualmente, nuestro colegio cuenta con 47 años de vida y es el primer colegio Waldorf de Chile.  Su fundador fue el Antropósofo Claudio Rauch (1944-2018).